viernes, 28 de diciembre de 2007

Y así termina la historia

NO podía llegar más allá. No podía ser de otro modo. Aquí le pongo fin. Con el año, espero poder cerrar este capítulo de mi vida y no seguir siendo por siempre un payaso.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Hoy serás mía por siempre.

Pocas cosas me entristecen más que dejar de verte…eres el símbolo de la alegría y la belleza en mi corazón. Tu sola presencia lo hizo latir alegre. Suspiré mil veces cada minuto que tuve la dicha de tenerte cerca. Por eso hoy, que sé que partiré, que la vida me lleva por un nuevo camino, que presiento no volveré a estar nunca más tan cerca de ti, quiero llenarme de ti...Beberé con mis ojos todo lo que pueda de tu presencia, hasta ahogarlos si es preciso. Seguramente pasaré desapercibido para ti, como siempre, sin embargo no te dejaré ni un instante. Te respiraré, te oiré, te hablaré. Procuraré tu alegría y tu sonrisa. Celebraré cada movimiento, cada mirada, cada gesto. Hoy serás mía por siempre...

jueves, 13 de diciembre de 2007

Los hilos los maneja Dios

Recuerdo un viaje que no llegó a ser, pero que sin embargo lo recuerdo con infinita nostalgia. Fueron unos pocos días en que de pronto y de manera milagrosa se presentaba la ocasión que ni en mis mejores sueños jamás había imaginado. Estuvo a un tris de ser realidad…Todo parecía encajar. Los astros se habían posicionado y la naturaleza toda decía que sí, que estaba bien, que había que darnos una oportunidad. Es verdad que nunca la habíamos pedido, pero al menos yo no podía dejar de dar gracias perplejo ante tan grata sorpresa. Dios así lo ha dispuesto, me dije una y otra vez, con una sonrisa más grande y profunda que cuanto puedas imaginar. Todo yo agradecía humildemente. No lo merecía, ni lo había planeado, pero si se me daba, cómo no iba a aceptarlo. ¡Lo viviría! ¡Cuánta expectativa!
Pero así como brilló la esperanza como un fulgor, así, inesperadamente se apagó. Todo quedo en el pasado, enterrado… al punto que hoy parece que no fue jamás, que todo aquello fue un sueño, una escena que imagine, como la de la canción, con la que siempre lo recordaré. Dios dispuso que aquello fuera, arrepintiéndose luego, por las consecuencias que tan solo Él logró vislumbrar.

Para qué quiero más…

Me conformo con aquello que buenamente puedes darme. No pido ni exijo nada, ya no. Ni en sueños espero nada. Es verdad que duele la indiferencia, pero tengo que resignarme. El amor no puede ser de un solo lado…tienen que haber dos, o no funciona. Por eso ya no te sigo, ya no te espero…Sólo te veo de lejos y cuando me ves pretendo indiferencia. Ya no corro tras de ti; para qué, si tu nunca vienes a mi, ni por casualidad. Y está bien. No te reprocho nada. Tienes derecho a mirar adelante, a volar alto, a hacer tu camino. No tendrías por qué fijarte en mí, ni mucho menos perder el sueño por algo que ni imaginas, que no es, no fue, ni será. Estás en otra dimensión. No tienes por qué detenerte en estas sombras que ni si quiera percibes.
Por eso me he resignado. Me basta con saberte feliz. Ojala lo seas…Y aunque no lo sepas, si algún día libremente llegas a fijar en mí. y me llegas a querer, aunque sea un poquito…¡me basta!

domingo, 2 de diciembre de 2007

¿Para qué nos guardamos?

Esperamos y esperamos, no nos atrevemos…No se por qué recuerdo el juego aquél del salto a la soga. Mientras la soga daba vueltas, una y otra vez, nosotros hacíamos el ademán de entrar a saltar, una y otra vez, esperando la mejor ocasión, aquella en que hubiéramos coordinado de mejor manera la velocidad, con el ritmo, con la altura y la distancia, para entrar saltando y saltando, disfrutando y riendo sin parar, hasta el final. ¡Qué lindo sentir que encajamos! ¡Qué entramos! ¡Que armonizamos! ¡Que disfrutamos!

Pero la vida no es un juego y muchas veces tenemos que entrar fuera de tiempo, o antes de tiempo. Sin medir, sin meditar, sin esperar…Aunque recibamos azotes, tenemos que entrar. Aunque se burlen y desentonemos, tenemos que entrar. Aunque tropecemos y enredemos todo, tenemos que entrar. Aunque terminemos con el juego, tenemos que entrar.

La vida no es un juego y no te puedes quedar esperando hasta armonizar, porque entonces quizás será demasiado tarde, el juego habrá terminado. Las uvas serán pasas y el mejor vino se habrá convertido en vinagre.
No te quedes, no te guardes. No retrocedas, no te asustes; no temas enlodarte. La vida es para el que osa, para el que trata, para el que se atreve, para el que se arriesga.
¡No te guardes!

miércoles, 31 de octubre de 2007

Y si fuera verdad…

Lo imagino muchas veces, pero sé que no es verdad. Quizás de tanto imaginarlo alguna vez se haga realidad. Por eso lo sueño e imagino una y otra vez, con la esperanza, poco razonable, que mis pensamientos se conviertan en oración y de tanto pedirlo un día el Altísimo me haga este obsequio.

Me pregunto si tú sentirás como yo. Me pregunto si de tanto pensarte, de tanto quererte, de tanto desearte, tú también despertarás inquieta por mí. Y quizás alguna vez me miras y estás pensando lo mismo. Me pregunto si quizás de tanto pensarte tú también me piensas.

Me imagino muriendo un día y llegando juntos a aquél lugar donde todo se ve y todo se sabe, sólo para descubrir que tu estabas igual de loca por mi. Mirarnos uno al otro y reprocharnos el no habérnoslo dicho, el no habernos dado una señal más evidente, el no haber cruzado el umbral.

Era pecado, diremos.. ¿Pero existe el pecado de amor? ¿Se puede amar y pecar? ¿Puede pecar quien ama? ¿No será mayor pecado dejar pasar la vida sin ceder al amor de aquel ser que despierta en ti no se qué embelezo, que te trasporta a constelaciones lejanas, a mundos de ensueño? ¿No será mayor pecado dejar de luchar por aquello que sientes que debe ser tuyo, privándote de parte de tu vida? ¿Y si privándote también privas a ella, y luego truncas no se qué desenlace que podría determinar la existencia de otras generaciones que nunca serán?

¡Qué agonía! ¿Y si fuera verdad…?

sábado, 29 de setiembre de 2007

Si, es verdad, muero de amor

Podría ser distinto, pero no. Es verdad que siento un vacío enorme aquí en mi pecho, un vacío que me deja sin aliento, que se clava como un puñal y me deja deambulando por el mundo como un zombi. Soy un paria en la vida, sin un destino, sin un norte. Sin ti, no soy nada, no tengo nada, no valgo nada.

El tiempo parece detenido, no cambia, no transcurre. Todo es igual; no hay día ni noche. No hay luz ni color. Aquí todo es monótono, gris, frío, vacío, distante. La vida es allá, tras los vidrios de aquella ventana. La vida es algo que ocurre afuera, lejos de mi.

Pero hay días, o más bien momentos de algunos días, en los que mi penumbra es atravesada por un rayo fulgurante, esplendoroso. Es tu presencia efímera, venida de no se dónde, de qué otro mundo, para la que no hay defensas, ni barreras, ni lejanía. Para tu belleza no hay obstáculos. Aun las sombras saltan de alegría con tu sola presencia.

Cuando te vas, entre la penumbra busco cada objeto en el que posaste tus finos dedos, cada lugar en el que te detuviste, cada rincón por el que pasaste, y voy aspirando tu aroma, con la absurda pretensión de poseerte. Inhalo y cierro fuertemente los ojos, y por un momento parece que alcanzo a ver aquella luz que se fue contigo. Por un instante me parece estar ante ti nuevamente. En cambio no, todo es un sueño; es la persistencia de tu recuerdo en mi memoria. Es mi deseo de no dejarte ir. Mi incapacidad para retenerte.

Es este recuerdo el que me permite, agonizante, esperar un nuevo día; una nueva centella en mi agonía sin fin.

jueves, 27 de setiembre de 2007

Una divina obsesión

Es una obsesión que me ahoga, de día y de noche. No puedo apartarme de ella. Todo el tiempo está dándome vueltas por una u otra razón. La pienso y la imagino una y otra vez. Hago lo imposible por encontrarme con ella y hablar de lo que sea. El tema no interesa. Lo importante es verla y sentirla cerca. Ver la ternura con que mueve sus labios; admirar la belleza de sus finas manos, su sedosa cabellera, su rostro, su nariz, su cuello, su torso erguido….

Anoche volví a soñar con ella. Por alguna razón habíamos quedado solos en algún lugar y recuerdo que alcancé a robarle un beso. Al despertar, esa idea marcó mi día. ¡Cómo es la vida! La circunstancia se presentó propicia en un momento del día para hacer realidad aquél sueño. Quedamos juntos y solos, viendo un trabajo que había realizado para ella. Le encantó; sonrió. Intercambiamos muchas miradas, muchas palabras. Estuvimos uno al lado del otro viendo lo mismo. Pero aunque se me pasó por la cabeza la idea de aproximarme mucho más para tocarla con cualquier pretexto, ya sea el cuello, la mano, la cintura, el pelo o lo que fuera, no lo hice. No me atreví. Me preguntaba si ella sentiría lo mismo o serían puras fantasías mías. Estaba tan cerca y tan distante a la vez.

Me encanta su presencia, su cercanía, su aroma, su confidencia. Pero sufro mucho al no poder pasar aquella línea imaginaria que nos separa. No puedo. No me atrevo. Me siento como un bobo, corriendo de aquí para allá, donde me llama o donde me imagino que está. Me hace feliz el que tan solo me distinga, con un saludo, con una palabra, con un gesto. Creo que para ella soy un buen amigo, un amigo íntimo, si se quiere, mientras que para mi ella es mi sueño.

Lo peor es que empiezo a ser más que evidente. Parece que llevo un letrero en la frente proclamando mi admiración, mi ¿amor? por ella. Todo el mundo parece darse cuenta y muchos me preguntan por ella. Creo que es notorio…y no está bien. Tengo que hacer un esfuerzo por sacarla de mi mente y mi corazón. Esto no es bueno para mi y tampoco sería para ella, en ningún sentido. ¿Pero cómo se hace para arrancar del pecho un amor platónico?
¿Callando?, ¿silenciando?, ¿evitando…? ¡Qué difícil se me hace el solo imaginarlo!
Sin embargo creo que debo tratar, por mi paz, salud mental y emocional.
¿Podré?

miércoles, 15 de agosto de 2007

Como duele el corazón

Qué difícil se me hace la vida sin ti…Eres imposible, inalcanzable. Debo dejarte pasar y verte de lejos con disimulo, no sea que te des cuenta y entonces no sé qué haría. Lo he soñado mil veces. Atraparte entre mis brazos y darte un solo e interminable beso, en el que te entregara mi alma, recibiendo a cambio tu embriagador aliento.

Sé que no ocurrirá. No puede ser. Sin embargo lo he soñado mil veces y lo he recordado al verte pasar. Caminas envuelta en nubes, reduciéndolo todo a nada…vas por el aire, iluminando y perfumándolo todo. El mundo sonríe, se alegra. Los ladrillos, la vereda, las piedras se estremecen. El sol brilla más, y la hierba se enciende de un verde infinito, el día es más luminoso y la vida es una sinfonía. ¡Qué fresca! ¡Qué tierna! ¡Qué lozana! ¡Qué armonía hay entre tú y la Creación toda! Me recuerdas a mi Dios, por quien he debido renunciar a ti.

¡Qué amor tan desesperado anida aquí en mi pecho, salta por mis venas, y me arranca los ojos, por acompañarte aunque sólo sea con mi mente! ¡Allá voy contigo! ¡Aquí…! Aquí no queda nada.

Mario Benedetti – Martin Santome

miércoles, 20 de junio de 2007

El dolor de la desilusión

Como pocas veces hoy soñé con ella. Pero en lugar de estar alegre, una gran angustia invade mi ser. Soñé con ella y le falle. Si, sé que sólo ha sido un sueño, que felizmente no pasó jamás. Pero que cerca estuvo de ser realidad, y la sola posibilidad de defraudarla, de decepcionarla, de producirle este dolor, perdiendo su cariño y confianza, me llena de tristeza, me angustia.

Hoy, mi día está marcado por ella, porque anoche me desperté súbitamente de un sueño, que siendo realmente hermoso, tuvo un fin vergonzoso. ¿Cómo pude? ¿Qué me paso? “Es que no puedo creerlo…¡Cómo pudiste tú, Pedro…!” Y en el tono de su voz se podía percibir una gran decepción. La rabia de la desilusión que produce constatar que aquel que creíamos tan sólido, tan ecuánime, tan firme e infalible, lo atrapamos en una pillería injustificable. Todo se derrumba, y del respeto pasamos en un santiamén al desprecio. ¡Qué mayor castigo para mí, que ver su bello rostro, por primera vez, enfadado y oír sus palabras antes siempre dulces, hoy cargadas de desconcierto y desprecio hacia mí.

Caí de rodillas y pedí perdón entre lágrimas que brotaban espontáneamente de mis ojos. Pero sabía dentro de mí, que no había nada que pudiera borrar aquella afrenta. Nada que pudiera revertir el tiempo y cambiar lo que había pasado. Aquello había ocurrido y ya nunca volvería a ser todo como antes. Había perdido para siempre su amistad. Lo sabía, por eso lloraba.

Es verdad que todo ha sido un sueño, pero si hubiera sido verdad. ¡Qué gran dolor!

Mi sueño me ha revelado cosas muy íntimas; aquello que se de mi y que sin embargo no me atrevo a reconocer. Mi sueño me ha anticipado que puedo fallar, que puedo caer. Ahora sé qué debo hacer para evitarlo; cómo debo conducirme. ¿Le haré caso a la razón?

Si no quiero perder su aprecio y su amistad, que más que eso para mi es la luz de su mirada, el calor de sus palabras, su bella, deslumbrante y efímera presencia en mis días…¿debo matar mi ilusión? ¿Puedo mantener este doble discurso, o es que existe el peligro real que un día la ilusión me lleve a cometer una locura y con ello a perder su amistad? ¿Me interesa su amistad o prefiero la ilusión? Esas son preguntas que me asaltan y que soy incapaz de responder, por no tener el valor de cerrar una u otra puerta.

Toda ilusión es en realidad una esperanza. ¿Puedo mantener alguna esperanza? En mi caso, ¿es razonable mantener una esperanza? ¿O es realmente un disparate, que racionalmente debo rechazar? El problema es que tras una ilusión no necesariamente subsiste la razón. Las ilusiones van más allá de la razón. Y donde no manda la razón…¿Qué se puede esperar?

Se dice muy fácilmente y lo oímos a cada nada: “no se puede vivir de ilusiones”. Pero qué difícil resulta domar al corazón.

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No sé porqué, se había quedado conmigo y tendríamos que pasar la noche juntos. Estábamos en el cuarto que compartía con mi hermano en la casa en la que crecí, donde habían dos camas, cubiertas por celestes edredones. Me preguntó si tendría que dormir allí, junto conmigo, y aceptó confiada cuando le dije que sí, que no había otro cuarto y que allí habían dos camas. Se arropó y yo también me acosté. No recuerdo más de ese día.

Al día siguiente me desperté muy temprano y verla ahí, dormida, tan cerca a mí, aceleró mi corazón y de pronto se agolparon en mi mente un millón de impulsos, un millón de ideas. Unas se atropellaban a las otras, sin permitirme razonar. De pronto, cegado por un impulso, sigilosamente me pasé a su cama. Sin meterme en ella, la abrace y puse mi mejilla sobre la suya, susurrándole, “ya es hora de levantarse”, a lo que me respondió, “qué flojera”, estirándose ligeramente y sin rechazar mi osadía.

Entonces, temiendo romper el encanto de aquella situación, pero cegado por un impulso que nublaba mi razón, levanté la sobrecama y me pegué a su cuerpo, perdiendo el aliento y sintiendo que el corazón se me salía. La abracé muy tiernamente, luchando contra cualquier manifestación que pudiera señalar como sexualmente peligrosa aquella situación. Con mis piernas rocé las suyas, con mis brazos, levemente sentí la punta de sus senos, mientras estrujándola le estampaba un beso en la mejilla. “A levantarse, prrreciosssura”, murmuré.

No se a ciencia cierta si todo aquello la sorprendió y hasta de repente la incomodó, no lo sé. Si así fue, tuvo el suficiente tino para no mostrar el menor gesto de rechazo y para tolerar lo que parecían entenderse, como gestos de cariño sincero. “¿Dónde está el baño?”, preguntó: “¿podré ducharme?” Y mi mente voló. No podía perder ese momento tan hermoso, de absoluta confianza, en el que, no se ella, pero yo me encontraba en éxtasis, embelezado, en otro mundo. “Si, puedes ducharte”, le dije, mientras me paraba de la cama y me dirigía a mostrarle el baño y todos los secretos, para que disfrutara de un placentero baño, menos uno, aquél que asaltó mi mente, tan pronto tuve la certeza que aquello en la cama, no podía seguir a más.

“Pasa, siéntete cómoda” le dije, mientras evitaba posar mi ojos en su radiante y esplendoroso cuerpo. Era bellísima y sus extraordinarias formas -que alguna vez había visto de lejos en ropa de baño, en la playa- se adivinaban bajo el camisón fucsia que la cubría. Cerré la puerta y sumamente agitado, corrí hacia la otra habitación donde sabía había una segunda puerta que comunicaba con el baño, desde cuyo cerrojo podría verla, contemplarla, finalmente, sin ninguna restricción. No sería mía, jamás podría amarla, pero al menos viviría con el recuerdo de aquellas imágenes, que guardaría en secreto en lo más profundo de mi corazón.

No podía evitarlo, el impulso era más fuerte que yo. Corrí, y encontré la puerta abierta. No había necesidad de mirar por el cerrojo. La puerta estaba entre abierta y podía escuchar como caía el agua a la tina y su canturrear, mientras seguramente se despojaba de su ropa para meterse a la ducha. La cortina plástica tenía una parte con adornos que impedían la visibilidad al interior, pero otra, al comienzo, era transparente, así que me detuve allí, a la entrada de la otra habitación, atravesando con la vista hasta la ducha, cuando ella entró.

¡Que belleza! ¡Qué mujer! Un rostro perfecto, una suave voz y un cuerpo de ensueño. Recuerdo su piel bronceada, sus senos redondos y blancos, muy firmes y erguidos. Levantó las manos hacia la ducha para constatar que la temperatura era la apropiada, recordando seguramente lo que le había dicho, que debía esperar un momento hasta que el agua calentara y que no la mezclara con fría, pues le daría la temperatura ideal. Percibiendo, probablemente que así era, empezó a jabonarse, con la mirada perdida en las cortinas, como hacemos todos cuando nos duchamos. Pude ver su vientre y la suave y muy bien tratada seda de su pubis. Era cuanto podía soñar. No salía de mí embelezo, cuando levantando los ojos, me encontré con los suyos. ¡Oh, no…! Exclamó, mientras jalaba la cortina para que no la viera, y yo saltaba cual felino a un costado, pretendiendo engañarme, diciéndome que tal vez no me había visto, que saldría del baño y haría como si nada. ¡Dios mío -imploré- que no me haya visto!

Pero la oí llamar por su celular a su esposo, llorando e indicándoles que la viniera a recoger inmediatamente, que algo muy feo le había pasado. El corazón se me estrujó. Sentí una gran vergüenza. Por eso, cuando salió del baño, caí de rodillas a sus pies, pidiéndole perdón. Ella no dijo nada. Con lágrimas en los ojos, evitó mi mirada. Llegado su esposo, se la llevó arrostrándome: “¡Estúpido! ¡Debes saber que no tienes la menor esperanza!

La ilusión

Vaya uno saber cuales son los motivos que llevan a una persona a refugiarse en una ilusión. Psicoanalistas, psiquiatras y psicólogos harán su análisis y darán su versión, muy técnica y convincente, seguramente, para aquellos que no la viven. Porque para aquél cuyo corazón late al compás de esta ilusión, que la siente profundamente en su corazón y en su alma, ningún análisis, ni explicación racional, podrá modificar la sensación que le invade a cada nada, invitándolo a suspirar.
Amar, así en secreto, puede parecer un castigo cruel, que sin embargo, el que así ama, lo lleva con estoicismo, con fidelidad, con ilusión, gozando con cada mirada, esperando cada encuentro, viviendo el éxtasis de cada acercamiento, y la explosión de un sol maravilloso y siempre nuevo en cada contacto. Cuando ella ríe, su corazón ríe, cuando habla, cae embelezado por el tono de su voz, por su acento, por la gracia con que mueve sus labios para liberar cada palabra que sale volando de su boca, impregnada en la miel de su aliento. Atraparlas quisiera, una a una, y erigirles un templo muy dentro suyo, para que ni una sola se perdiera y así, poderlas contemplar eternamente, siempre vivas, siempre lozanas, siempre dulces y armoniosas.

Amar así, sólo a la vida misma. Nada se le compara. Nada lo suple Nada lo explica. Es solo una sensación que a veces, si, es verdad, uno quisiera arrancar del pecho, porque le guía ciegamente, y atemorizan los abismos sin sentido a los que se expone. ¿Cómo podrá impedir ella aquél sacrificio, aquella herida que abre en su pecho, si ni siquiera sabe que existe? Y si lo supiera, se pregunta, ¿lo impediría? Un profundo temor y una gran rubor invaden su ser y llegan hasta su rostro: quizás se compadecería…¿pero lo amaría? No creo.

Hay un gran abismo entre nosotros. Venimos de distintos sistemas planetarios, de distintos mundos. Su tiempo no es el mío. Su horizonte, es otro. Su vista se posa en otros colores. Sus delicadas y tibias manos, cual mariposas, acarician otros pétalos.

No, no se lo diré jamás. La llevaré por siempre, cual luciérnaga, en la noche oscura de mi corazón. Ella me dará consuelo, cuando el frío invada mi alma.