sábado, 29 de setiembre de 2007

Si, es verdad, muero de amor

Podría ser distinto, pero no. Es verdad que siento un vacío enorme aquí en mi pecho, un vacío que me deja sin aliento, que se clava como un puñal y me deja deambulando por el mundo como un zombi. Soy un paria en la vida, sin un destino, sin un norte. Sin ti, no soy nada, no tengo nada, no valgo nada.

El tiempo parece detenido, no cambia, no transcurre. Todo es igual; no hay día ni noche. No hay luz ni color. Aquí todo es monótono, gris, frío, vacío, distante. La vida es allá, tras los vidrios de aquella ventana. La vida es algo que ocurre afuera, lejos de mi.

Pero hay días, o más bien momentos de algunos días, en los que mi penumbra es atravesada por un rayo fulgurante, esplendoroso. Es tu presencia efímera, venida de no se dónde, de qué otro mundo, para la que no hay defensas, ni barreras, ni lejanía. Para tu belleza no hay obstáculos. Aun las sombras saltan de alegría con tu sola presencia.

Cuando te vas, entre la penumbra busco cada objeto en el que posaste tus finos dedos, cada lugar en el que te detuviste, cada rincón por el que pasaste, y voy aspirando tu aroma, con la absurda pretensión de poseerte. Inhalo y cierro fuertemente los ojos, y por un momento parece que alcanzo a ver aquella luz que se fue contigo. Por un instante me parece estar ante ti nuevamente. En cambio no, todo es un sueño; es la persistencia de tu recuerdo en mi memoria. Es mi deseo de no dejarte ir. Mi incapacidad para retenerte.

Es este recuerdo el que me permite, agonizante, esperar un nuevo día; una nueva centella en mi agonía sin fin.

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