miércoles, 20 de junio de 2007

El dolor de la desilusión

Como pocas veces hoy soñé con ella. Pero en lugar de estar alegre, una gran angustia invade mi ser. Soñé con ella y le falle. Si, sé que sólo ha sido un sueño, que felizmente no pasó jamás. Pero que cerca estuvo de ser realidad, y la sola posibilidad de defraudarla, de decepcionarla, de producirle este dolor, perdiendo su cariño y confianza, me llena de tristeza, me angustia.

Hoy, mi día está marcado por ella, porque anoche me desperté súbitamente de un sueño, que siendo realmente hermoso, tuvo un fin vergonzoso. ¿Cómo pude? ¿Qué me paso? “Es que no puedo creerlo…¡Cómo pudiste tú, Pedro…!” Y en el tono de su voz se podía percibir una gran decepción. La rabia de la desilusión que produce constatar que aquel que creíamos tan sólido, tan ecuánime, tan firme e infalible, lo atrapamos en una pillería injustificable. Todo se derrumba, y del respeto pasamos en un santiamén al desprecio. ¡Qué mayor castigo para mí, que ver su bello rostro, por primera vez, enfadado y oír sus palabras antes siempre dulces, hoy cargadas de desconcierto y desprecio hacia mí.

Caí de rodillas y pedí perdón entre lágrimas que brotaban espontáneamente de mis ojos. Pero sabía dentro de mí, que no había nada que pudiera borrar aquella afrenta. Nada que pudiera revertir el tiempo y cambiar lo que había pasado. Aquello había ocurrido y ya nunca volvería a ser todo como antes. Había perdido para siempre su amistad. Lo sabía, por eso lloraba.

Es verdad que todo ha sido un sueño, pero si hubiera sido verdad. ¡Qué gran dolor!

Mi sueño me ha revelado cosas muy íntimas; aquello que se de mi y que sin embargo no me atrevo a reconocer. Mi sueño me ha anticipado que puedo fallar, que puedo caer. Ahora sé qué debo hacer para evitarlo; cómo debo conducirme. ¿Le haré caso a la razón?

Si no quiero perder su aprecio y su amistad, que más que eso para mi es la luz de su mirada, el calor de sus palabras, su bella, deslumbrante y efímera presencia en mis días…¿debo matar mi ilusión? ¿Puedo mantener este doble discurso, o es que existe el peligro real que un día la ilusión me lleve a cometer una locura y con ello a perder su amistad? ¿Me interesa su amistad o prefiero la ilusión? Esas son preguntas que me asaltan y que soy incapaz de responder, por no tener el valor de cerrar una u otra puerta.

Toda ilusión es en realidad una esperanza. ¿Puedo mantener alguna esperanza? En mi caso, ¿es razonable mantener una esperanza? ¿O es realmente un disparate, que racionalmente debo rechazar? El problema es que tras una ilusión no necesariamente subsiste la razón. Las ilusiones van más allá de la razón. Y donde no manda la razón…¿Qué se puede esperar?

Se dice muy fácilmente y lo oímos a cada nada: “no se puede vivir de ilusiones”. Pero qué difícil resulta domar al corazón.

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No sé porqué, se había quedado conmigo y tendríamos que pasar la noche juntos. Estábamos en el cuarto que compartía con mi hermano en la casa en la que crecí, donde habían dos camas, cubiertas por celestes edredones. Me preguntó si tendría que dormir allí, junto conmigo, y aceptó confiada cuando le dije que sí, que no había otro cuarto y que allí habían dos camas. Se arropó y yo también me acosté. No recuerdo más de ese día.

Al día siguiente me desperté muy temprano y verla ahí, dormida, tan cerca a mí, aceleró mi corazón y de pronto se agolparon en mi mente un millón de impulsos, un millón de ideas. Unas se atropellaban a las otras, sin permitirme razonar. De pronto, cegado por un impulso, sigilosamente me pasé a su cama. Sin meterme en ella, la abrace y puse mi mejilla sobre la suya, susurrándole, “ya es hora de levantarse”, a lo que me respondió, “qué flojera”, estirándose ligeramente y sin rechazar mi osadía.

Entonces, temiendo romper el encanto de aquella situación, pero cegado por un impulso que nublaba mi razón, levanté la sobrecama y me pegué a su cuerpo, perdiendo el aliento y sintiendo que el corazón se me salía. La abracé muy tiernamente, luchando contra cualquier manifestación que pudiera señalar como sexualmente peligrosa aquella situación. Con mis piernas rocé las suyas, con mis brazos, levemente sentí la punta de sus senos, mientras estrujándola le estampaba un beso en la mejilla. “A levantarse, prrreciosssura”, murmuré.

No se a ciencia cierta si todo aquello la sorprendió y hasta de repente la incomodó, no lo sé. Si así fue, tuvo el suficiente tino para no mostrar el menor gesto de rechazo y para tolerar lo que parecían entenderse, como gestos de cariño sincero. “¿Dónde está el baño?”, preguntó: “¿podré ducharme?” Y mi mente voló. No podía perder ese momento tan hermoso, de absoluta confianza, en el que, no se ella, pero yo me encontraba en éxtasis, embelezado, en otro mundo. “Si, puedes ducharte”, le dije, mientras me paraba de la cama y me dirigía a mostrarle el baño y todos los secretos, para que disfrutara de un placentero baño, menos uno, aquél que asaltó mi mente, tan pronto tuve la certeza que aquello en la cama, no podía seguir a más.

“Pasa, siéntete cómoda” le dije, mientras evitaba posar mi ojos en su radiante y esplendoroso cuerpo. Era bellísima y sus extraordinarias formas -que alguna vez había visto de lejos en ropa de baño, en la playa- se adivinaban bajo el camisón fucsia que la cubría. Cerré la puerta y sumamente agitado, corrí hacia la otra habitación donde sabía había una segunda puerta que comunicaba con el baño, desde cuyo cerrojo podría verla, contemplarla, finalmente, sin ninguna restricción. No sería mía, jamás podría amarla, pero al menos viviría con el recuerdo de aquellas imágenes, que guardaría en secreto en lo más profundo de mi corazón.

No podía evitarlo, el impulso era más fuerte que yo. Corrí, y encontré la puerta abierta. No había necesidad de mirar por el cerrojo. La puerta estaba entre abierta y podía escuchar como caía el agua a la tina y su canturrear, mientras seguramente se despojaba de su ropa para meterse a la ducha. La cortina plástica tenía una parte con adornos que impedían la visibilidad al interior, pero otra, al comienzo, era transparente, así que me detuve allí, a la entrada de la otra habitación, atravesando con la vista hasta la ducha, cuando ella entró.

¡Que belleza! ¡Qué mujer! Un rostro perfecto, una suave voz y un cuerpo de ensueño. Recuerdo su piel bronceada, sus senos redondos y blancos, muy firmes y erguidos. Levantó las manos hacia la ducha para constatar que la temperatura era la apropiada, recordando seguramente lo que le había dicho, que debía esperar un momento hasta que el agua calentara y que no la mezclara con fría, pues le daría la temperatura ideal. Percibiendo, probablemente que así era, empezó a jabonarse, con la mirada perdida en las cortinas, como hacemos todos cuando nos duchamos. Pude ver su vientre y la suave y muy bien tratada seda de su pubis. Era cuanto podía soñar. No salía de mí embelezo, cuando levantando los ojos, me encontré con los suyos. ¡Oh, no…! Exclamó, mientras jalaba la cortina para que no la viera, y yo saltaba cual felino a un costado, pretendiendo engañarme, diciéndome que tal vez no me había visto, que saldría del baño y haría como si nada. ¡Dios mío -imploré- que no me haya visto!

Pero la oí llamar por su celular a su esposo, llorando e indicándoles que la viniera a recoger inmediatamente, que algo muy feo le había pasado. El corazón se me estrujó. Sentí una gran vergüenza. Por eso, cuando salió del baño, caí de rodillas a sus pies, pidiéndole perdón. Ella no dijo nada. Con lágrimas en los ojos, evitó mi mirada. Llegado su esposo, se la llevó arrostrándome: “¡Estúpido! ¡Debes saber que no tienes la menor esperanza!

La ilusión

Vaya uno saber cuales son los motivos que llevan a una persona a refugiarse en una ilusión. Psicoanalistas, psiquiatras y psicólogos harán su análisis y darán su versión, muy técnica y convincente, seguramente, para aquellos que no la viven. Porque para aquél cuyo corazón late al compás de esta ilusión, que la siente profundamente en su corazón y en su alma, ningún análisis, ni explicación racional, podrá modificar la sensación que le invade a cada nada, invitándolo a suspirar.
Amar, así en secreto, puede parecer un castigo cruel, que sin embargo, el que así ama, lo lleva con estoicismo, con fidelidad, con ilusión, gozando con cada mirada, esperando cada encuentro, viviendo el éxtasis de cada acercamiento, y la explosión de un sol maravilloso y siempre nuevo en cada contacto. Cuando ella ríe, su corazón ríe, cuando habla, cae embelezado por el tono de su voz, por su acento, por la gracia con que mueve sus labios para liberar cada palabra que sale volando de su boca, impregnada en la miel de su aliento. Atraparlas quisiera, una a una, y erigirles un templo muy dentro suyo, para que ni una sola se perdiera y así, poderlas contemplar eternamente, siempre vivas, siempre lozanas, siempre dulces y armoniosas.

Amar así, sólo a la vida misma. Nada se le compara. Nada lo suple Nada lo explica. Es solo una sensación que a veces, si, es verdad, uno quisiera arrancar del pecho, porque le guía ciegamente, y atemorizan los abismos sin sentido a los que se expone. ¿Cómo podrá impedir ella aquél sacrificio, aquella herida que abre en su pecho, si ni siquiera sabe que existe? Y si lo supiera, se pregunta, ¿lo impediría? Un profundo temor y una gran rubor invaden su ser y llegan hasta su rostro: quizás se compadecería…¿pero lo amaría? No creo.

Hay un gran abismo entre nosotros. Venimos de distintos sistemas planetarios, de distintos mundos. Su tiempo no es el mío. Su horizonte, es otro. Su vista se posa en otros colores. Sus delicadas y tibias manos, cual mariposas, acarician otros pétalos.

No, no se lo diré jamás. La llevaré por siempre, cual luciérnaga, en la noche oscura de mi corazón. Ella me dará consuelo, cuando el frío invada mi alma.